Bocata de Calamares

Después de mucho dudarlo, Ngongo se decidió.

Hoy era el día. Pediría el ansiado bocata de calamares.

-¿Qué te pongo, moreno?

– Bocata calamare y servesa sero uno. Perdón, sero sero.

Tuvo que hacer un esfuerzo para que la sonrisa no se convirtiera en carcajada.

Miró a su alrededor. El bar, decorado en rojo y blanco. Una foto dedicada de Navas. Otra, de ese equipo.

El camarero, Pepito, sevillista hasta la médula.

– Ngongo, te veo feliz.

– Yo siempre felís, yo siempre felís. Conformar con poco.

Pero Pepito siguió insistiendo e insistiendo. Eso sí, un tanto nervioso y tenso.

– Es que los pobres os conformáis con poco, Ngongo. Que ayer os tocaron los cupones en Madrid y punto. Mira, nosotros tan normales. Vamos por delante en la clasificación, estamos en la Champion, las vitrinas repletas de títulos… y esas cosas ya no nos alteran. Mira tú, primer día que te veo pedir un bocata de calamares. Porque hasta la presente, agua del grifo y de propina las gracias.

Ngongo miró fijamente a Pepito. ¿Cómo explicarle lo que para él significaba ese bocata de calamares?

Hace tantos años que salió de su aldea… ¿cuántos?

Tuvo que vender la vaca, lo único que tenía, y con tan parcos recursos recorrió el Africa entera.

Por su mente desfilaron países, desiertos, fronteras, golpizas, estrechos, mantas, literas, robos, coches, camiones, gentes buenas y otras ya no tanto.

Su cuarto, compartido con tres de su aldea. Su semáforo. Sus ahorros, euro a euro, céntimo a céntimo. Sacrificios y esfuerzos.

Pero hoy se iba a comer ese bocata de calamares untado con esa mayonesa tan blanca que se derramaba por los lados.

¿Cómo explicarle a Pepito que ese bocata valía más que mil comidas calientes? ¿Que era un bocata largamente soñado?

Ese bocata no era un bocata. Representaba el sufrimiento, la humildad, el aguante, la hombría, el soportar el desprecio, el estar frente a gente que no sabía ni su nombre, la injusticia, la opresión, la paciencia, el esfuerzo…

Representaba paciencia y esfuerzo, sí señor. Eso representaba: paciencia y esfuerzo. Y su miajita de sal.

A Pepito, sin embargo, a pesar de su vida apacible y tranquila, de sus buenas comidas, de sus muchos títulos, se le notaba nervioso y tenso.

Ngongo agarró el bocata y cerró los ojos.

El primer bocado le supo a gloria.

Sonrió por dentro.

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