El campo del Prado

Llegaba la Feria y tirábamos la casa por la ventana.

Mi abuela preparaba comida para un regimiento.

Tortilla de papas, filetes empanados, carne mechada…

Pa que no farte de ná.

El martes, nuestra familia procedía a su particular inauguración del recinto.

Todo era de primera calidad.

Cogíamos el Cinco Especial, que nos dejaba junto a la Feria de Muestras.

Allí desembarcábamos todos.

La línea medular siempre la componíamos mi tío, mi tía, mi abuela y yo.

El resto, mi primo con su novia y demás gente, variable, según el año.

Doce o quince, más o menos.

Y comenzaban los cuatro ritos de mi abuela para inaugurar la Feria.

Una vez cumplimentados, ya nos podíamos divertir a gusto.

 

Primer rito. El Escocés.

Bajábamos del Pegaso y a mi abuela le entraba una especie de acelere.

¡El Escocés! ¡Vamos a ver al Escocés!

El Escocés era un personaje inverosímil, pero totalmente real.

A mí, el Escocés me ha costado más de un disgusto,

porque una de mis nietas, cuando le hablo de él,

piensa que es un producto de mi imaginación, un ser irreal.

Pero el Escocés, aunque haya quien lo dude, sí existió,

y yo le rogaría a algún lector que lo haya conocido

que me apoye. Va en juego mi prestigio familiar.

El caso es que mi abuela arrancaba como una posesa,

tiraba del resto y casi gritando decía:

¡El Escocés! ¡Vamos a ver al Escocés!

Se convertía en una niña alborotada.

Ella siempre localizaba al Escocés a la primera.

Barruntaba, más o menos, por dónde podía andar.

¡Míralo! ¡Ahí está!

Se le quedaba a un par de metros, extasiada.

¡Mira!, decía casi a gritos, ¡Escocés auténtico!

¡Mira la fardita que lleva! ¡De lana de Escocia!

¡Y eso que lleva corgando es la fartriquera par tabaco!

¡Y eso es…! ¡Y eso es…!

Y describía al Escocés de arriba abajo, por dentro y por fuera,

a todos los que se congregaban,

que solían ser unos veinte o treinta.

El Escocés se detenía y sonreía. Ya estaba acostumbrado.

Además, ya llevaba encima más de dos o tres.

El Escocés era el único personaje con franquicia

para comer y beber gratis en cualquier caseta de la Feria de Sevilla.

 

Segundo rito. La Esmeralda.

Siempre íbamos a una de las mejores casetas de la Feria.

y no digo la mejor por si alguien se molesta.

La caseta se llamaba La Esmeralda.

Era, por si no lo adivinaron, una caseta de entrada libre.

Para nosotros, la nuestra, la más bonita del ferial.

Allí, mi abuela ejercía de matriarca de la horda.

Organizaba una mesa a lo largo, nos colocaba,

sacaba las tarteras de las bolsas,

establecía los turnos de guardia…

Ocupación del terreno, en términos castrenses.

Esa mesa ya no la abandonábamos en toda la noche,

siempre algunos sentados mientras los otros paseaban o bailaban,

no nos la fueran a quitar.

Allí servía una mariquita que tocaba los palillos divinamente,

era todo un espectáculo de ver.

De hecho, era el espectáculo de dicho local.

– ¡Ni la duquesa de Arba tiene la suerte de verla!

Y es que, amigos, en esta vida, contentarse con poco

es una virtud.

Tercer rito. La bronca de la Pasarela.

Mi abuela me cogía de la mano y me decía:

¡Llévame!

Yo ya sabía a dónde tenía que llevarla.

Dejábamos al resto en la caseta y nos íbamos los dos solos.

Cuando llegaba a su destino, un punto en medio de toda la bulla,

se paraba y comenzaba a relatar de política.

Pero a relatar por todo lo alto…

¡Cuidao que me quitaron la Pasarela!

¡Lo más bonito de Sevilla!

¡Mira! ¡Aquí estaba!

¡Por aquí se subía! ¡Por aquí se bajaba!

¡Es que no tienen vergüensa ninguna!

¡La quitaron del tirón y se quedaron tan igual!

Buenoooo, allí caían todos,

desde el alcalde hasta el último concejal.

Año tras año.

 

Cuarto rito y principal. El campo del Prado.

Cerca de esa Pasarela demolida que encarnaba toda la corrupción municipal,

mi abuela se detenía de nuevo.

Ahí, en ese otro punto imaginario,

se me ponía más viejecita y pasaba del grito al susurro.

Le temblaba la voz al hablar.

¡Aquí era…!

¡Aquí era el Balompié…!

¡Por aquí se entraba…!

¡Aquí estaban las tablas…!

¡Cómo gritaban los balompedistas…!

¡Si vieras cómo gritaba el público, como si los estuviera escuchando ahora…!

A tu abuelo le gustaba mucho el Betis.

Ya luego, nos marchamos al campo de la Exposición,

que era muy bonito.

Se encogía un poco más y me decía:

Niño, dame el pañuelo, que me ha entrao carbonilla en un ojo.

Yo ya llevaba el pañuelo preparado, porque todos los años pasaba lo mismo.

Mi abuela, durante un largo rato, se sacaba la carbonilla.

Yo controlaba alrededor, un tanto cortado. Pero nadie nos miraba.

Nosotros estábamos en un mundo inexistente. ¿O eran ellos?

Luego, después de un tiempo que a mí me parecía una eternidad,

mi abuela se transmutaba de nuevo.

Se sonaba con fuerza, se ponía todo tiesa, se tocaba el moño,

me devolvía el pañuelo y me decía,

dando la Feria por inaugurada:

¡Date bulla, niño,

que la mariquita de la Esmeralda ya mismo empiesa a bailar!

 

Como les digo, señores,

yo, del campo del Prado,

apenas conozco algunos detalles:

Que tenía tablas alrededor, que les decían balompedistas,

y que a mi abuela le entraba carbonilla cuando pasaba por allí.

¿Sería que le llegaba de la Estación de Cádiz?

 

Primera Edición: Alfinaldelapalmera Abril 2010

Segunda Edición, corregida: Benditovillamarín, Octubre 2015

 

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