Quino, un futbolista muy fino

El Barrio León era contiguo al nuestro, el Tardón,

pero con un punto de más clase, o de menos cutrez, según se mire.

Pequeñas y humildes casitas bajas en vez de bloques populares de cuatro alturas.

Nuestra relación con el Barrio León era más o menos quincenal y se basaba en nuestro deporte favorito después del fútbol: las peleas a pedradas.

Las pedreas.

Dicho deporte consistía en que dos pandillas se liaban a peñascazo limpio

si una de ellas traspasaba ciertos límites legal y tácitamente establecidos.

Eran otros tiempos.

En las pedreas, nuestro barrio siempre ganaba a ese otro más pijo que el nuestro.

Pero lo cierto es que el Barrio León tuvo el honor de darnos la perla del fútbol trianero: Joaquín Sierra Quino.

Y cuando recuerdo a Quino, sólo se me ocurre un adjetivo apropiado para él: fino, fino…

Quino empezó a jugar de infantil en el campo de los Salesianos,

del que escribiré otro día si me seguís aguantando.

Era defensa central.

Subió muy rápido los escalafones infantiles

y luego despuntó de delantero centro con los juveniles.

Corría bien, regateaba mejor y era goleador nato.

Marcaba con el pie y de cabeza.

Jugaba con balón y sin balón.

Resolvía con facilidad pasmosa cualquier partido.

Pese a ello, no era de florituras, sino más bien sobrio y serio.

Según decían, líder nato en el vestuario.

Eso no lo puedo asegurar, pero sí que lo era en el campo.

Lo tenía todo.

Normalmente, jugaba de delantero centro, de 9 antiguo.

En otras ocasiones, lo hacía un tanto más retrasado y escondido,

hoy diríamos de mediapunta, quizás de enganche.

En el Triana, su nombre empezó a corearse asociado al de otro jugador

al que perdí la pista, Dioni.

Recitábamos la alineación de carrerilla y terminábamos con …y Quino y Dioni

Y cuando citábamos esos dos nombres, subíamos el tono de la voz

para diferenciarlos del resto.

Lo recuerdo como muy jovencillo, alto, serio, poco comunicativo, pensativo

y con pinta de inteligente más que de listo.

No era alguien cercano a nosotros como Antón.

Quino, por su calidad, siempre nos pareció lejano.

Subió al Real Betis muy joven, yo creo que no tendría ni los 18.

Por aquel entonces subieron al primer equipo, entre otros, Antón, Quino

y Dioni.

Todo un éxito para los que vivíamos en la orilla derecha del río y veíamos los partidos del Triana Balompié.

Eran los tiempos de uno de los mejores entrenadores de la historia blanquiverde: Domingo Balmanyá.

Quino corría mucho, jugaba un taco, marcaba en cada partido y nos deleitaba.

Mi tío le profesaba verdadera veneración.

Cuando no podía ir al campo del Betis, mi tío ponía la radio y decía: a ver qué hase hoy er der Barrio León.

Y allí permanecía, con la oreja pegada al aparato,

hasta que el locutor cantaba:

– ¡ Gooool de Quino por la escuadra izquierda!

Y muchos goles que le tuvieron que cantar.

Y mi tío se reía.

Se reía porque su Betis ganaba, porque nuestro vecino marcaba

y, además, porque Juan Tribuna los tenía que cantar.

Cada vez que Juan Tribuna cantaba un gol al Betis, mi tío sentenciaba:

– Ése es sevillista.

Y se partía de risa. Era la venganza del oprimido.

Lo de la prensa y la radio con el Betis viene de tiempo atrás.

Quino se hizo un jugador consagrado mientras nosotros aún seguíamos con nuestras pedreas.

Eso sí, en nuestras incursiones por el Barrio León,

cuando pasábamos por su calle,

guardábamos un extraño y reverente silencio.

Nunca volvimos a tirar una piedra allí.

Ya no llamábamos a los timbres para molestar.

Si alguno osaba hacerlo, le reprendíamos diciendo:

– Aquí no, que en esta calle vive Quino.

Un día cualquiera, después de varios años de darnos fútbol de muchos quilates en un estadio que le decíamos El Villamarín,

Quino formó un gran alboroto.

Se negó a jugar porque ganaba poco y quería irse al Real Madrid.

La prensa sevillana le atacó sin piedad, lo despellejaron vivo.

Pero yo recuerdo que mi tío, puro bético, repetía sin cesar:

el muchacho tiene razón. es su futuro y no es un esclavo de nadie.

A nosotros se nos quedó un regusto amargo en la boca.

En la pandilla, nuestro corazón estaba partido.

Por un lado, y el tiempo le dio la razón,

ayudó mucho a los profesionales del balompié, sobre todo a los de abajo.

De otro, nos apenaba que no quisiera jugar en nuestro Betis del alma.

Después un tiempo sin jugar, en rebeldía, sentado en el porche de su casa,

lo fichó el Valencia.

Más tarde, marchó al Cádiz. Allí dicen que dejó su huella.

El año pasado volví al Tardón y vi una placa donde la casa de la Pantoja.

La próxima vez me acercaré al Barrio León,

ya no creo que me reciban a pedradas,

y quizás encuentre otra placa que diga:

Aquí vivió Quino, de Triana, del fútbol el más fino.

 

 

Primera edición: Alfinaldelapalmera, Abril 2010.

Segunda edición, corregida: Benditovillamarín, Julio 2015.

COMMENTS

Leave a Comment